¿Está devaluado el lenguaje? ¿Se habla o se escribe cada vez peor? ¿Las nuevas tecnologías están modificando nuestro idioma? Estas preguntas, que para algunos pueden parecer cobardías de la esperanza, están dando vuelta cada vez más en la cabeza de los académicos. Muchos aseguran que se está perdiendo el amor a las palabras y la preocupación no ya por escribir bien, sino por expresarse correctamente. Hoy no sólo se escuchan atropellos idiomáticos en la calle, sino también en los discursos oficiales (con los políticos a la cabeza) y hasta en las mismas escuelas, donde deberían prevalecer las buenas maneras.
Para las nuevas generaciones habría que recordar los conocidos versos del poeta español Pedro Salinas sobre el lenguaje: "
Sentiremos mejor lo que sentimos, pensaremos mejor lo que pensamos, cuanto más profunda y delicadamente conozcamos sus fuerzas, sus primores, sus infinitas aptitudes para expresarnos
". En su célebre conferencia "Defensa del lenguaje", pronunciada el 24 de mayo de 1944 en la Universidad de Puerto Rico, Salinas expresó también estas frases impresionantes, que hoy nos suenan mucho más duras: "
¿Tiene derecho ninguna generación a descuidar o abandonar esta santa misión transmisora de su lengua, por flojedad o por inconsciencia? ¿Puede una generación aceptar la cínica postura de legar a sus hijos menos patrimonio espiritual que el que recibió de sus padres
? Semejante diatriba no puede menos que llevarnos a pensar cómo manejamos nuestro lenguaje. Porque hoy parecen estar de moda los términos groseros. Nadie se pone colorado, por ejemplo, al pronunciar a los gritos por el celular y en la calle, palabras que en otros tiempos sólo nos animábamos a usar en la intimidad. No se trata, claro está, de caer en una pacatería infantil. Pero tampoco es cuestión de abandonar aquello que nos legaron. Porque el idioma es una herencia que se debe atesorar y cultivar, nunca derrochar. Es cierto que las lenguas se renuevan constantemente con la aceptación de nuevos términos que antes nos parecían inconcebibles. Pero lo que debe evitarse no es el enriquecimiento, sino el empobrecimiento. Días atrás, en una entrevista publicada por LA GACETA, la lingüista tucumana Elena Rojas Mayer advertía que adaptar la ortografía a los tiempos que corren (esto es, jubilar la h como propuso alguna vez Gabriel García Márquez) no lleva a nada. "El idioma necesita una normativa; de lo contrario no nos vamos a entender", dijo. ¿Será posible que, en este campo, hayamos retrocedido? En otros tiempos, como lo recuerda la misma Rojas Mayer, la expresión gramaticalmente correcta era una cuestión de cortesía y de urbanidad de la que nadie se dispensaba en público. Hoy sucede lo contrario. La expresión deleznable es lo que está de moda. Basta con mirar algunos cortos publicitarios (sobre todo los de bebidas o de celulares) para comprender que esta devoción por el mal hablar ya está arraigada en nuestra cultura. Y no es un problema vinculado sólo a los jóvenes: todos parecen haber caído en esta suerte de chapucería idiomática, fomentada -eso sí- por la prisa y la incultura.
¿Qué hacer entonces? Según Rojas Mayer, los adolescentes que hablan o escriben mal, corrigen su manera de usar el idioma cuando ingresan a la universidad o cuando comienzan a trabajar. Es en este período cuando se ajustan a las normas. El problema radica en aquellos adultos -muchos, incluso, profesionales universitarios- que no tienen el mínimo respeto por el idioma y, por lo tanto, hablan o escriben como se les antoja. Sería bueno recordar entonces que la palabra no es sólo lo que se oye, sino lo que se ve, lo que se huele y hasta lo que se toca. La palabra es independiente del hombre, tiene vida propia. Eso basta para que sea respetada.